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| La peña nevada | La Peña a lo lejos |
Reloj de sol |
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| Paseito por la Peña | Haciendo el chorra | Peña nevada |
Un poco de txapilla para los que se quieran culturizar un poco.
Es un privilegio mirar serenamente en la primavera el surgir de la nueva vida, hecha leve brizna de hierba o volar de alondras entre los peñascales; dejarse arder en el fuego amarillo de las retamas; llenarse los ojos del verdor de los bosques que ruedan ladera abajo hacia las llanuras, de nuevo habitados por los cantos de los pájaros y el morado y blanco de las flores. Sentarse e una roca y adivinar las formas caprichosas de las nubes que pasan o del monte de enfrente - la Mujer Muerta-; seguir en silencio los voluptuosos vuelos del buitre, el ir y venir del acéntor alpino esponjándose al sol del amanecer, o el sube y baja rumiante e incansable de las cabras salvajes bailando suspendidas milagrosamente sobre los saltos.
Pero no es posible subir hasta esta altaya de la Peña de Francia y dejarse aquí invadir por el raudo paso del tiempo y sus diferentes estaciones sin haber sido antes peregrino.
Uno de los símbolos mas característicos de la Peña de Francia es el reloj de sol de la fotografía superior y remate final de la senda que asciende la larga cuesta de la Peña de Francia. Reloj que sigue y acompaña desde la altura la andadura del son el las distintas estaciones. Por que este singular mirador de la Peña, que permite extender nuestra mirada, como la de las águilas reales que a veces la visitan, sobre el horizonte casi infinito de la llanura castellana, es, donde sobre todo , un espacio privilegiado para contemplar el paso del tiempo.
Aquí es ciertamente un privilegio ver amanecer, sentir en todo el cuerpo, a parte de el frío, ese torrente de colores rosas, anaranjados, cabalgando por las cumbres de la sierra de Béjar o arrancando reflejos de la luz primeriza a las rocas y pizarras de la Peña. Poder gozar del paso del tiempo hecho manto blanco, dulcísimo, en el invierno que va cubriendo roquedales y caminos, tejados y paredes , los nobles escudos que recogen los hitos de la historia y las pétreas cruces de los afligidos peregrinos, sembradas por los senderos de la cuesta. contemplar cómo agoniza el día ente llantos rojizos y amoratados tras el monte último de la cadena hacia el poniente, la Hastiala, que nos lleva más allá, hacia el tañido de la noche.
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